Alfonso Zurro da un giro radical al clásico de Saint-Exupéry con «La Principita». Interpretada por Alicia Moruno, Javier Centeno y Manuel Rodríguez, esta propuesta familiar, divertida y vistosa, repleta de guiños a la sociedad actual, podrá disfrutarse durante todas las navidades en el Teatro Central de la Isla de la Cartuja

Niño talentoso aunque inconstante en los estudios, aspirante a héroe, dibujante frustrado, poeta intuitivo, piloto caótico… Algunas figuras de El Principito tienen su origen en los recuerdos biográficos de Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944), como los baobabs, especie de árboles que son una reminiscencia de sus escalas en Senegal; o el farolero, a quien conoció durante unas vacaciones en Saint-Maurice-de-Rémens. E incluso el propio protagonista, que estaría inspirado en Pierre Sundreau —le petit Pierre—, un niño de doce años que vestía bufanda y leía como un poseso y a quien el autor conoció gracias a una carta de felicitación por su libro Vuelo nocturno. Pero curiosamente ninguno de ellos aparece en la propuesta teatral de Teatro Clásico de Sevilla que se estrenó este pasado viernes en la Isla de la Cartuja. Y es que La Principita, con guion y dirección de Alfonso Zurro, tiene en común con el clásico el personaje del piloto, el escenario inspirado en el Sahara y algún que otro elemento que nos lleva a pensar en la inmortal historia de 1943, pero poco más. Todo lo mágico, creativo e incluso dramático que ocurre en los sesenta minutos que dura el espectáculo, es obra del director, de su equipo de producción y de unos actores en estado de gracia. Hasta tal punto que podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que esta aventura escénica supera en numerosos aspectos a la obra original; o cuanto menos la actualiza.

Guiños al espectador implícito

Partiendo de un escenario vacío y pretendidamente teatral, lo primero que sorprende de esta Principita es su intención desmitificadora del cuento de Saint-Exupéry; una obra que a fuerza de ser recomendada por libreros, educadores y críticos durante más de ochenta años, se les ha atragantado a varias generaciones de lectores. No en vano, El Principito es de esos libros que deberían degustarse más de una vez en la vida y a diferentes niveles, como ocurre con El Quijote, y por supuesto hacerlo por vocación y/o voluntad propia, nunca por obligación. En ese sentido, la gran aportación de Zurro es brindarle a los espectadores un material sensible y de varias capas, donde el niño disfruta desde lo lúdico, visual e incluso cómico, y los adultos desde la mordacidad y la crítica. Dicho esto, el montaje de Teatro Clásico, aparentemente sencillo en su arranque y excepcionalmente complejo a medida que avanzan los minutos, coincide con el original en su embate descarnado a la sociedad moderna y los ideales del hombre civilizado. Aunque en ese aspecto el libreto huye del academicismo encorsetado de los clásicos —algo que Zurro ya hizo anteriormente con Hamlet y Luces de Bohemia— y de las previsibles lecturas feministas más allá de la pura anécdota; inclinándose en su lugar por los guiños al espectador implícito —no faltan alusiones a las muchas hipotecas de nuestra vida diaria: desde la obligación de hacer deporte a la de aprender inglés, pasando por el uso constante del teléfono móvil— y la sátira con ecos de Shakespeare, Jarry y Beckett, donde la niña protagonista representa la pureza frente a los vicios, obsesiones y anhelos materiales del ser humano.

 

Tres genios sobre el escenario

Una de las escenas de «La Principita». Foto Luis Castilla

En ese viaje onírico y profundamente estético, el texto puede leerse en clave mesiánica, new age, comiquera o extraterrestre, e incluye homenajes al universo de Ende — resulta inevitable pensar en la extraordinaria Momo—, el existencialismo de Sartre o la lucha interna de Salinger. Aunque el motivo que lo vertebra en su mayor parte es la denuncia de los límites geográficos, el problema de la inmigración y el discurso xenófobo («¿Qué son las fronteras?»). Para ello la compañía se vale de un arsenal de recursos que van desde el clown a la máscara contemporánea, pasando por las marionetas, las sombras chinescas y la performance. Un material sensible magníficamente diseñado por la compañía que se acompaña de la escenografía de Curt Allen Wilmer —no excesivamente original pero sí profundamente práctica—, el colorista vestuario de Carmen y Flores de Giles y la videoproyección de Fernando Brea, uno de los grandes aciertos del espectáculo junto a la música de Jasio Velasco. Aunque no cabe duda de que los verdaderos responsables de que el barco navegue con rumbo fijo son los tres actores que defienden la arriesgada idea de Alfonso Zurro. Estos son Alicia Moruno como una brillante Principita —su trabajo físico y vocal es deslumbrante—, Manuel Rodríguez como el entrañable piloto, y especialmente Javier Centeno, en una nueva demostración de su inagotable talento, como Antoine y resto de personajes. En suma un trabajo vistoso, reflexivo y de final sobrecogedor, producido con gran gusto por Juan Motilla y Noelia Diez, que confirma el buen estado de forma del teatro andaluz en general y de Teatro Clásico de Sevilla en particular.

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